El Dictador

Un viaje fallido. Avión cae en selva centroamericana. Gobierna un dictador. Soldados rescatan a los sobrevivientes y los muestran al pueblo como actos de voluntad política. Entre los sobrevivientes están dos hermanos. A todo el grupo lo denigran con trato esclavista. Los desafían a competir para vivir hasta que llega la gran prueba. Es a muerte. Hay que pasar por pantanos, muros y una plaza minada para cerrar con una pelea vital que proclame el ganador y que sería ascendido como asesor del dictador. Los siete pasaron el pantano. Uno murió en el muro al caerse y golpearse la cabeza de rebote mientras caía. Otros dos murieron en el campo minado. Los dos cayeron por la misma pendiente que los esperaba desde su base en el subsuelo. De los 4, había dos hermanos de aproximadamente 30 años, más una mujer más joven y preciosa aún con los harapos y el rostro camino a desintegrarse. Un hombre mayor de unos 50 completaba el cuarteto. Quedaban dos pruebas; la corrida por la presa y el combate mortal. En la de velocidad los jabalíes estaban sostenidos desde atrás. Hace dos semanas, desde la caída del avión, que no eran alimentados. Estaban hambrientos y se lo rugían a cualquiera. Cuando comenzó los soltaron.  El primer impacto fue cuando ella cayó y los hermanos organizados se devolvieron a levantarla. La punta la llevaba el mayor, que poco a poco se cansó, fue cediendo terreno hasta ser superado por los familiares y finalmente por la dama hermosa. Un jabalí malintencionado le mordió el tobillo al más veterano y el hombre cayó, muriendo devorado por otros animales sin piedad. Los tres restantes llegaron a la meta. Les pusieron unos guantes de boxeo y refregaron a cada uno la cara con una esponja áspera. Llena de tajos y raspones la de ella relucía con el brillo espejo de gotas de agua contra el sol. Los hermanos se miraron desconsolados. Uno la sostuvo desde la cintura hacia abajo, el otro parado detrás la ahogó. Ambos dejaban que lágrimas gruesas recorrieran sus contornos. Devastados soltaron el cuerpo imberbe. Las rodillas golpearon el suelo y de frente con los senos como escudo el cadáver se desplomó. Un silencio de un segundo. Los vítores de una audiencia morbosa callaron. El dictador no dio pie y mandó a su capitán a que con sus uniformados encerraran a los hermanos obligándolos a batallar entre ellos. A cada grito los militares avanzaban unos centímetros con sus lanzas pulidas por delante. Cada paso sacaba un grito eufórico del público. Los hermanos no se inmutaron. Con ojos reventados se decían todo. Los labios les tiritaban pero no emitían sonido. Les valió unos ocho pasos hacia el centro para atravesarlos con las armas. Juntos, con la base de fierro desde la espalda de uno pasando por el estómago del otro, el mismo metal helado. Los ojos se apagaron como una vela en ventisca. El tumulto quedó expectante. Aquel nunca supo que eran hermanos y que los afectos son más fuertes que el dolor.

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