Aquel don Rodrigo

Voy a hacer uso de este espacio para contar, ya que no se le conoce. Probablemente tu tampoco…aún.

Este es un tipo pierna larga y delgada, con el estómago flácido. Un rubio de ojos azules que gusta de ropa ajustada. Casi un galán. Pero ahí se queda ya que a este tipo lo he visto hacer cada estupidez innombrable, aunque no se puede descartar que su cualidad sea un profundo afrodisíaco para el sexo opuesto.
Sin ir más lejos, en la celebración del último año nuevo y tras repartirse aderezos en sus pezones con llagas producto de sus rutinas, quiso refrescarse en la piscina y en un salto mal calculado, con una toalla enrollada a la cintura cayó directo con el rostro en el borde. Sólo la punta de los dedos rosó el agua en un principio. Luego, arrastrando su humanidad, cayó hacia el transparente elemento.
Pero eso no es nada divertido comparado a cuando en una concurrida y exclusiva playa del litoral central mi comprade convenció al salvavidas que le prestara su megáfono y se paseó por la arena buscando un personaje inexistente y vociferando nombres de amigos y sus detalles secretos. O cuando organizamos una fiesta masiva en un Centro de Eventos y el estimado, en ese momento de barman, atendió con una particular polera femenina de un rojo intenso que terminaba centimetros arriba del ombligo.
Pero por supuesto, no acabaría ahí. El tipo flacucho éste animó varias veces eventos de su universidad. En uno de esos eventos estaba en pleno concurso ofreciendo como regalo merchandasing de auspiciadores a cambio de prendas y algún eventual desnudo. En tierra, a los participantes hubo que filtrarlos maximizando recursos y recurriendo a capital humano ajeno. Ellas no se quedaron atrás y subían gritando en un estado de euforia chillona.

El animador, emocionado por la respuesta del público y el frenesí en el ambiente se sacó él la ropa, bailó con una de las mujeres arriba de la tarima y se premió a él mismo. Y merecido tuvo la honorable distinción, nadie lo puede negar, fue simplemente el mejor del día. Ante la felicidad a borbotones que emanaba de su ser transpirado decidió seguir animando sólo con sus boxer de Los Simpsons. Que sólo valga mención, le quedaban chicos y más de un hoyo acumulaban.

Definitivamente no eran suficientes a vista de algunos.
Todo lo anterior sería aún exiguo. En una despedida de solteros en Mendoza, este rubio maldaoso se subió al escenario en la discotec. A los 20 minutos tenía a la gente riendo a carcajadas, no bailando. Los argentinos inteligentes lo dejan arriba de la tarima felices. Interectuaba con el público y se reía contagiando. Los dueños del lugar al final le pidieron sus datos de contacto. Querían tenerlo de nuevo entre ellos. Nada importaba bailar, si todos gozaban riendo.
Un hito en mi memoria. Un recuerdo inolvidable. Y una estampa de un humorista innato, que dicho sea de paso, es familiar indirecto de un legendario en la materia.

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