Clan abundante


Estaba un poco inseguro. Quizá un tanto confuso. La vida es compleja y contradictoria. Se hace difícil de entender. Y este año 2010 ha sido una tragedia completa. Malas noticias se han repetido una tras otra.
El día anterior salí de la playa tras una noche de rock y risas, directo a mi ex cole. La Negra había muerto. Una estimada tía Rapa Nui que dejé de ver con los años, pero con la que estuve harto en su momento. Como esos afectos que quedan congelados en un permanente stand by. No se cultivan, no se degradan tampoco, sólo están ahí, hasta fallecer.
A la mañana siguiente era la celebración del cumpleaños número ochenta de mi abuelita.
De ahí la confusión, ¿Cómo celebrar ante la pérdida? ¿Cómo gozar la alegría con un manto de tristeza en nuestras espaldas?
La respuesta fue muchísimo más fácil de lo que yo imaginé y, para mayor claridad, instantánea.
Como dije me subí al auto en un estado de tontera, dislocado. Al entrar a la casa de mi tío Andrés, genero de inmediato y con intención una polémica, una emocional crítica, dura ante la apoteósica presentación del evento. Las piezas no me calzaban. Hay veces que la mente limita nuestras percepciones.
Pero la tarde continuó. Primero con un ceviche de picoteo que disfruté sorprendido. Luego la foto familiar tradicional, con la carrera del Pipe y Carola coche en mano por llegar, la caída de la galera en la cual me vi afectado, pero no el más perjudicado, o la entrada del dueño de casa mamón que quería salir junto a su señora y atraviesa la barra con paso firme y sin tapujos.
A continuación leyó la carta mi madre, padre y hermano. Un mensaje que contiene toda la fuerza de espíritu y esa transparencia sentimental que como gran mujer ella patenta día a día.
Después a las mesas, todo impecable, muy fino, en apariencia, porque si algo NO tenemos es finura. Yo siempre lo he dicho; los Ferretti somos el estereotipo de los burgueses exitosos a la italiana que prefieren pegarte por tu bien, en vez de hacerse los ingenuos y no actuar, diciendo de todo y hasta lo que ninguno desea escuchar. En sus sillas, todos lo integrantes, menores y mayores, ordenados para una convivencia global y desinteresada.
Sin dar respiro salió Claudio Escobar, la voz de oro de Chile como lo presentó el Yeye. Un tipo pasado de copas en su trayectoria, vestido de negro completo, ingenuo en su imaginación que un cumpleaños de ochentas podría convertirse en una algarabía y una fiesta de esas magnitudes, pero no fue suficiente, ya que le siguió el turno a un gracioso clon de Juan Gabriel que según dicen se enamoró de mi.
Antes, hubo un mensaje y un minuto de silencio por nuestra compañera ida y por nuestros compañeros que partían a la isla a hacerle frente a la muerte. Un minuto solemne, respetado, necesario y unificador.
Pero, de nuevo, sin dar tiempo de asimilar el intenso momento nos hacen pasar al living y ver una presentación que la Jesu realizó junto a la Sofía -dicen-. Momento culminante, con lágrimas en los ojos el Pusy y Pato demostraban que de amor no nos quedamos. Los aplausos decían lo mismo de la pasión. Las risas aportaban lo suyo en representación del humor y el show con zapateo incluido de la Pancha fue la confirmación que la vejez es un tema más de actitud que físico.
Para la memoria quedará toda esa tarde, en su totalidad; el humor ya mencionado incansable e ilimitado de la Pancha, el frenesí de Chompy, sus gritos, tallas infinitas y bailes con cuanta dama encontrara entre sus saltos, el koala de la Tía Alicia, el ánimo de la Cucha, la presentación de la Jesu, la caída de Andrés y sus consecuencias, Pitu y Benja en un baile sensual y tantos otros. Es la armonía de aquel llanto puro, triste en felicidad que se respiraba sin pedirle permiso a nadie en ese jardín de Pirque que ya tanto nos ha acompañado en incontables ocasiones.
Como aquella carta, éste es un tributo a todos, a la increíble familia, a la potente matrona y nuestro amado Tata, a los espectaculares anfitriones, a los joviales tíos y cariñosos primos (presentes y ausentes).
Que mejor clan; uno de abundancia, sin caretas, sí diferencias, y con el amor como escudo común.

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