¿Puede una sorpresa repetir la historia?

Como todo buen paseo, sus sorpresas son siempre bienvenidas y bien vividas. Este caso fue el del romántico reencuentro que deviene sin aviso, con mucho cariño y ponderada nostalgia arraigada.

Iba yo caminando por la tierra polvorienta de la senda a la destrucción, de vuelta de la playa ventosa del lugar en la que habíamos pasado una simpática mañana. Bonita, si, bien cuidada y tranquila la ribera, pero con viento y arena hasta por las orejas y se vuelve insoportable.

Pues iba caminando junto al grupo ocasional del momento cuando, a alta velocidad y más abrigada que lo estándar, nos adelanta una mujer sola con una chomba negra de lana gruesa, con su pelo castaño meneado por el mismo viento que antes nos había hecho tragar arena, pero ahora, con otra voluntad y definitivamente amigo de la estética.

Esta mujer era una vieja conocida mía que yo, entre luces diurnas y recuerdos añejos, pude distinguir sin dudas. Ese reconocimiento vaciló mi paso y con nerviosa sonrisa al cuello cometí la imprudencia de comentarle a mis contertulios del descubrimiento.

Para no mediar obviedades, mis compadres desvergonzadamente la llaman y gritan su sobrenombre alemán tan peculiar que casi nadie sabe que significa, pero no importa, ahí está ella unos metros alejada de nuestra subexistencia cuando en uno de los gritos entiende que el llamado es hacia ella y se aparta lentamente uno de los auriculares de sus audífonos blancos para sorprenderse también y ver a mi amigo, su conocido, caminado solo a una mínima distancia detrás de ella, con tanta bienaventuranza y ánimo de celebración, más la bandera de Chile agitándose tras sus espaldas, que le incentiva la interacción a cualquiera.

Ahí me acerqué yo y la mencionada sorpresa giró en profundidad e impacto, para vernos, tras muchos años, frente a frente y sin más.

Cabe decir y comentar, sólo por la necesidad de la contextualización, que a mi querida estimada yo la había querido y harto y que había sido ella, quien con más miedo que decisión, abandonó nuestro amor al poco tiempo de nacer y sin razón aparente.

Así que, al encuentro, el palpite de mi interior se vuelve frenético y mi persona completa se debe enfrentar al desafío de no ser abandonado otra vez, en una esquina desolada con un beso interminable y el calor irresistible del verano abrazándonos.

La conversa sincera y el trayecto fue ameno, al instante simpático y acogedor, por lo que al llegar al destino de rumbos separados ella atina con naturalidad a pedirme mi teléfono, que yo con torpeza dicto, pero que con mayor soltura registro.

Entonces esa noche, motivado por esa sonrisa inocente, maravillosamente ingenua, de ternura exquisita con sus ojos de tristeza engañadora, tomo mi aparato para llamarla.

Desgracias, nada pude hablar o nada entendible. Traté con un mensaje para la opción de verla otra vez, pero nada, no me funcionó y como es tradicional en mí, dejo los intentos para jugar con el futuro y que lo que quiera la existencia que sea que suceda.

En el intertanto hice lo mío, bailé, grité. Me reí, fumé, tomé. Tonteras varias. Travesura aún ninguna.

Y fui al imperio carnavelero de Chile, una fonda polpular en pleno 18, con banda y amigoskis decorativos incluidos.

Ahí la vi nuevamente, estática como si me estuviera esperando. Y voy directo hacia esas mejillas de niña para buscar cautivarla.

El momento me traslada sin preguntarme hacia aquella áéoca en la que besaba sus labios para acordarme que habían diferencias, algunas no menores y que ya antes esto pasó y el resultado no me favoreció.

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