Del bueno y de la buena


Acabo de terminar de ver una de las películas más representativas de lo que en realidad es la adolescencia, que por cierto no veía hace un buen lustro. Es tanto así que tuve que ir a buscar con urgencia una cerveza para mitigar las ganas que tengo en este preciso momento de embriagarme con escándalo y hacer tonterías que antes estaban con toda libertad permitidas.
Libertades que si uno se toma en este período, excepto casos muy particulares como despedidas, cumpleaños, matrimonios u otro tipo de celebraciones, son miradas por el resto con prejuicios radicales impuestos por los estándares de comportamiento que la sociedad y varios de los que nos rodean, por poco, imponen.
En el filme pasa todo lo respectivo a esa época de la vida; sus personajes, situaciones y relaciones varias. La madre que reta al hijo cuando llega al amanecer, un clásico. Le pregunta si bebió y un par de detalles insignificantes de la noche, pero sólo para disfrazarse de…, porque aunque se da cuenta que el cabro anda medio puesto igual cierra la puerta de su pieza con esos ojos maternales inconfundibles y entiende que sin importar las reglas, el desgraciado viene con una sonrisa de oreja a oreja incontrolable. Sí, acaba de perder su querida castidad. Lo que por añadidura no sería lo único que hace por primera vez durante el transcurso de esa noche.
También está el matón insoportable; que grita mucho, que se impone por el volumen alto y amenazas permanentes, pero que al fin y al cabo no le cae bien a nadie, es patético y termina siendo rechazado e humillado por sus pares.
Está la pelea menor, infaltable donde hay mucho desorden, con un par de golpes merecidos (otros no tanto) y una herida en el labio “del perdedor” que da muestra del enfrentamiento sostenido.
Por supuesto, está el lío con la policía respectiva que paquea per sé, sin motivos verdaderos y más en el deber de hacer algo porque simplemente eso es lo que representan. Pero seamos sinceros, a nadie le hace daño una tropa de giles tomando cerveza en la plaza. Aunque sea contra la ley, me parece hasta mejor que reprimirlos, asustarlos y creer que por ello no lo volverán hacer. Ridículo cómo piensa la autoridad.
No se puede olvidar al de mayor edad, que aún con el deber de trabajar y hacer vida adulta prefiere la junta con jóvenes que no tienen mayores responsabilidades y disfruta de esa rebeldía y de los potitos bien puestos y firmes. Para el bronce y para que un querido amigo tenga en cuenta, este compadre comenta el porqué le gustan tanto las colegialas y dice con tranquilidad y tono rítmico que es porque él se hace viejo, pero ellas siempre se mantienen en la misma edad, simple, genial. Sé que no suena tan extraordinariamente bien, pero si lo piensas, es la maestría de la sabiduría.
Y nada más memorable que el potencial carrete en la casa del que se queda solo. El problema es cuando justo antes de subirse al auto los padres cachan que su hijo se trama una fiestoca más o menos en la casa mientras ellos estarían fuera y deciden en ese instante cancelar sus planes. No hay carrete, los padres no se van.
La película eso si tiene ese desagradable gusto sobre gringo que tienen algunos filmes realizados en ese país. Ese aire a brutos idiotas sin cabezas, adultos sin criterio para nada (no me refiero a uno que se toma un par de copetes y le da vueltas la cabeza, sino al que amenaza a cualquiera con un arma de fuego por una estupidez) y a rituales innecesarios que se practican como si fueran una religión. La cultura de la exageración y los extremos.
He visto muchas, demasiadas obras cinematográficas respecto al tema éste del adolescente y lo que en realidad hacen cuando están a sus anchas, y fuera por ese ya mencionado y marcado toque norteamericanista que tienen casi todas, pocas, muy pocas, reflejan el escenario real sin exageraciones burdas, personajes sobreactuados, sobrantes y sobre reaccionarios y, para agregar un halago justificado, no se puede obviar el placer de cualquier cinéfilo de presenciar un buen guión como el que les comento.
Por si no saben y se preguntan de que maravilla hablo y aún no adivinan, se trata de Dazed and Confuzed de Richard Lincklater. Sencilla, honesta, volada, entretenida, pero además y como si fuera poco, tremendamente rockanrolera…del bueno y de la buena.

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