¿Por qué soy culpable?

La vida se trata de la interpretación que hacemos en nuestro interior con ese mundo que percibimos.
 
El mundo como tal es uno solo y el cuestionamiento de la existencia de la verdad viene de esa interpretación que nosotros hacemos de él, pero nunca se trata de la mera interpretación y lo que sucede es que a esa interpretación de la realidad nosotros mismos hacemos nuestras propias lecturas, relaciones y conjeturas.
 
A los 13 o 14 años yo me perdí en la micro. Me la tomé para el lado equivocado, cargado de ingenuidad y cubierto por una burbuja que ese día rompería. Con preocupación veía como barrios conocidos iban quedando atrás y luego con llanto observaba un entorno que yo veía por completo desconocido y, como se nos enseña en consecuencia, con temor.
 
Ese día tuve que llamar a mi madre, a rienda suelta de lágrimas y angustia. Me sentí tan estúpido, vulnerable y débil que decidí desde ahí nunca cargar con aquellos defectos o debilidades.
 
Cuando tenía 18 ya no cargaba con esa ingenuidad, pero si una inmadurez profunda.
 
Detesto el término madurez porque se refiere a un proceso de una fruta, que se planta, crece, cosecha, madura y muere. Se come, o sea, su finalidad se lleva a cabo cuando está madura. En cambio, la madurez no es parte del proceso del hombre. El hombre como especie es evolutivo, no madurativo. Pero bueno, son sólo parte de las interpretaciones y como las pegamos en nuestras vidas.
 
En segundo medio me pasó otro hito de los que enseñan. Un profesor, con muy buenas intenciones, pero poca experiencia, plantea la opción de dividir el curso en tres grupos y realizar un paseo con cada uno para que los compañeros se conocieran entre ellos.
 
En segundo medio yo era engrupido y alumbrado, arrogante, petulante, coloriento e inseguro. Mi personificación en ese momento era patética. Nuestro grupo era mayor de lo normal. Todos de hecho querían estar en él. Y se hizo una votación para cambiar a dos, los dos que causaran más rechazo. Si hablábamos de grupo, yo era de los fundadores y si hablábamos de cierta identidad tenía mucho que ver con la historia que enlaza a unos pocos y a la que se sumaban muchos.
 
Ganar o perder, la votación la perdí yo. Mis amigos me habían traicionado. Así lo sentí. 
 
Hasta el saludo les quité en una primera etapa. Después un simple rencor dañiño con la venganza en la retina.
 
La pasé mal. Me acostumbré a vivir en un mundo de cierta manera irreal. Mi interpretación del real no me satisfacía para nada. Me quedé navegando en esa nube por años.
 
Anteriormente siempre había creído en la potencialidad de la amistad, como lazo elegido y no heredado, como lazos sin fines sino puro camino.
 
El golpe fue demasiado y desde ahí que todas las amistades las pongo a prueba, las cuestiono, espero cosas de ellas, me lleno de expectativas que luego dan resultados diferidos, muchos decepcionantes.
 
Aunque si lo coloco como ejemplo, la verdad es que desde aquella pubertad he vivido desde ahí en un estado realmente inestable entre un mundo ideal, fantástico e utópico y el mundo real, el que creo con sinceridad que es un absoluto desencanto.
 
Cuando comencé cuarto medio tenía que prepararme para la PAA. Maldita prueba y que manera más sencilla de generar odio gratuito.
 
Luego de darla y ver el tema de las inscripciones me bajó un haz de luz que me llenó de motivación; entraba a estudiar Bachillerato en Filosofía que en realidad eran los dos primeros años de Filosofía. Esa universidad fue un extraño llamado de atención. Ya estaba mi hermano en ella, me inscribí con mi mejor amigo de la época, otro viejo conocido con antecedentes impresionante era compañero y varios más de este grupete de alumnos traviesos, de esos que pasan en la oficina del director. Los que le hacen difícil la crianza a los padres. Los que se rebelan a aceptar que vivir es repetir.
 
La tentación fue mucha y mi incapacidad para renegarla mayor. Ese año a nivel de resultados fue un intenso grito lastimero con eco repetido.
 
Cuando salí del colegio tenía que tomar decisiones. Aún con la total incapacidad para realizar ese paso, pero bueno, tenía que decidir. Algo hay que hacer. Estudiar o trabajar. 
 
Algo hay que hacer. Yo no tenía idea qué. De hecho, no tenía ni la menor idea de las opciones reales y el contraste de las románticas.
 
Lo único que tenía claro para esos años era que no era católico y que era reacio a la ética protestante, con su discurso de dignidad en el trabajo. Más me autodestruía cuando analizaba como el utilitarismo, la rentabilidad y la trivialidad eran las características formadoras de juicios, necesidades y exigencias sociales.
 
Desde que descubrí que escribir me entretenía y que además lo hacía bien he soñado con una vida simple y sencilla fuera de los tambores grandilocuentes que se exigen hoy en día.
 
Desde que vi “El Cartero”, que por cierto eso también ocurrió por aquellos años, que me he imaginado a la orilla de una caleta, con un pc frente a mi pecho y el ruido del mar entrando por mis oídos. Por estética y por una profunda identificación con la idiosincrasia respectiva siempre pensé que mi lugar era Italia.
 
Si hubiera sido elección real mía yo nunca me hubiera metido a estudiar. Nunca. Me martiria el solo pensar que una carrera universitaria es necesaria para vivir. Yo soñaba con una peguita normal, que no me matara, en fuerza, ánimo y tiempo y compatibilizarla con extensas lecturas y escrituras trasnochadas a la luz del velador y de la vista expandida de las estrellas.
 
Me metí a estudiar cometiendo el que debe ser mi mayor error; hacerlo sin creerlo.
 
Me metí a estudiar porque escuchaba a moros y cristianos hablando que sin título no se podía vivir, que la universidad era un paso necesario para la independencia y con el doloroso estigma, creíble hasta cierto punto en algunas ocasiones, de que hay una forma de vivir esta vida y ésta es la que heredamos de nuestros padres.
 
Yo amo a mis padres. Amo a mi familia más que nada en el mundo, me gustaría poder demostrar eso. Amo la bondad de mi madre, su escudo frontal de dialogo y amor. Amo la lealtad de mi padre, su ética, su sencillez. Amo también una característica que comparto con él; la dificultad para vivir normalmente este mundo. Amo a mis hermanos, a cada uno en lo suyo. Amo a mi hermano mayor, un desorden en la portada que página a página se ordena. Amo a mi hermano menor y su preocupación por el resto y buenas intenciones. Amo a mi hermana menor con la que me cuesta llevarme según muchos por nuestras semejanzas. Y amo a la menor de todos, por su espíritu inquieto y el ímpetu de ir más allá.
 
La verdad es que mi ambición nunca ha sido ser el mejor. Sinceramente nunca he sentido eso como una necesidad o algo semejante en mi vida. Ser el mejor siempre me ha parecido cuento ajeno. Cuento de otros. Y me parece bien para el que quiera, pero imponerlo es una condena.
 
Creo además, que muchas pestes de esta era son producto del entorno en el que hacen vivir a cada niño que se enfrenta al mundo, un mundo donde, repito, lo más importante es la rentabilidad, (cuanto te genera), la trivialidad, (mientras más intrascendente mejor) y el utilitarismo, (nada es gratis).
 
Incluso,  creo en la vereda opuesta, a tomarle el gusto a respirar, vivir en el disfrute, en armonía, con calma,  tales características son incompatibles con la competencia desmesurada e imponente de hoy en día.
 

La universidad me cuesta, al parecer, más de lo normal. Creo que por una cierta tendencia a dudar de la autoridad y una creencia arraigada de que la vida es en cierta forma un tablero, donde lo que más importa es nuestra capacidad para movernos de manera adecuada en él. Creo esto aun cuando reconozco ser, posiblemente, el peor jugador en ese tablero.

Mi padre siempre nos ha repetido que hay que terminar. Como esos mensajes que no se olvidan nunca, como esos mensajes que actúan a niveles inconscientes incluso en nuestra rutina.

 
Fue por ese mensaje que siempre remé para terminar la universidad. Nunca he tenido la facultad de mirar hacia adelante, visualizar mi futuro, esperar algo de la vida y pelear por los deseos. La improvisación en la vida es la herramienta que más me gusta, pero este mundo la prohíbe, la condena y la castiga.
 
Como toda mi vida universitaria me encontraba haciendo algo con disgusto y de mala forma, nunca fue período de calma hogareña. Eso además se sumaba a constantes amenazas paternales; que no me la paga más, que hasta cuando con el derroche, que proyéctate, que explota tu tiempo en laborar, que eres flojo, cínico, abusador, mentiroso, etc. etc.
 
Mentía por notas y evitaba ir a las clases intrascendentes. La comunicación en mi casa obligó de cierta manera a la creación de bandos, o, más que bandos, a personajes dentro de bandos.
 
Mi padre se disfrazó de hombre de rigurosidad militar. De tono rudo y presencia enojada.
 
Mi madre en la que conecta todo. Calla mucho, acepta demasiado y acepta inaceptables.
 
Yo en el autista. Distante, esquivo, inalcanzable. Flojo, ahora lo digo tontamente, casi como un deber.
 
No lo pasé bien en mi vida universitaria. Y la verdad es que rescatando momentos familiares, íntimos y algunos amistosos la vida no me ha parecido en absoluto placentera.
 
Creo que los años universitarios se contaminan, a parte por nuestros propios errores y actos humanos, por el sobre valor que se le da a la Universidad, convirtiendo la carrera en el eje de toda la relación.
 
En mi casa era hasta divertido, todo el año la tensión, las reacciones y descalificaciones se dejaban estar con protestad. Todo el año las peleas eran comunes y corriente y las diferencias se potenciaban. Sin embargo, cuando llegaba el verano, nos pasábamos un mes entero juntos y la realidad era completamente distinta. Sin las preocupaciones y las presiones de la urbe y académicas -pero principalmente sin el eje del rendimiento- la convivencia era del todo plácida y excepto conflictos muy menores, ese mes de veraneo era por lo general pura alegría y risas.
 
Hace bastante tiempo que creo que lo más importante para mí debo ser yo mismo. Y trato de ser consecuente con esa idea. Planteamiento que con los años he ido confirmando, no por su éxito, si no por la abundante divulgación que he presenciado.
 
Se supone que lo principal es uno mismo porque estando uno bien, tiene toda la facultad para hacer el bien con los otros y en su entorno. Sin embargo, a mi en lo personal el darme preferencia no me ha llevado a más que peleas con mis pares y discusiones familiares.
 
No sé, por mucho que lo piense, porque me sucede esa contradicción. No sé porque una gran parte de lo que yo creo bueno en el ambiente me dicen que es malo. No sé tampoco porque el mundo social en general tiene aprehendida la hipocresía y el cinismo.
 
Yo me esfuerzo por hacer lo mejor. Aún cuando cometa permanentes fallas en mis formas, creo que por lo común mi timón ha sido el correcto. No le deseo mal nadie, ni me da envidia el éxito ajeno, ni abarco para mi lo que le corresponde a otros. No tengo mayores ambiciones económicas, solo no creo en el esquema nacer, crecer, estudiar, trabajar, jubilar, morir. Un esquema impuesto.
¿Soy culpable por cuestionar y no llegar a una solución?. ¿Por darle tiempo a reflexionar y no a ganar?, ¿soy culpable por querer estar y no querer ir?.
 
Siempre me he sentido culpable. ¿Por qué soy culpable?
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