Encuentros Inesperados

Dos encuentros inesperados tuve ayer, otro distinto tuve hace unos días.
 
El primero terminó causándome risa. Estaba yo en el metro de pie, apoyado en mi pose tipo que me nace cuando ando en el tren subterráneo. Al frente mío, a aproximadamente un metro, se encuentra ella, protagonista de esta historia, pero de bajo valor para mí.
 
De hecho, ni me acuerdo como se llama. Era compañera de la U de mi hno. Cuando yo aún era un inocente escolar ella se dio el gusto de que yo le gustara. Al final, algo pasó, difícil de definir, sin embargo, la involucrada después se comportó pésimo.
 
Yo como romántico que soy le dije unas cosillas que ella contó después. No sé si en su inseguridad o en utilidad o burla. El punto es que las palabras por mí mencionadas me llegaron después a modo de pelambre. Me dio mucha rabia.
 
Ayer fue la venganza, ella me ve y yo le sonrío con ironía. Ella se colorea y sé que lo gustaría acercarse a conversar y ver que onda yo. Pero el que ríe último ríe mejor. Mi sonrisa fue sarcástica, brusca, cortante. Varias estaciones viajamos al frente del otro. Ella no sabía que hacer. Yo trataba de pillar una miradita linda por ahí y disfrutaba el momento que a ella le incomodaba. Al final salió antes, al pasar juntó a mi me dijo: “No te había cachado”. Yo le dije: “mentira”. Volví a reír y ella se alejó mirando para atrás.
 
Después, ese día se había convertido en lento y muy extendido. A mitad de trámites me propuse, que de conseguir todo lo que tenía que hacer, premiarme con un Kentucky. Así fue y pasé al que me quedaba cerca. Fui a comer pollo, pero lo único que no contenía mi bandeja era esa carne.
 
En la cola está una vieja amiga. Vieja amistad real, verdadera, pero al parecer consumida. Ya ella una vez no había querido darme una info que le pedí. Ahora como soy yo aplico mi castigo. No importa que nadie entienda mi comportamiento. Yo sé porque lo hago y eso me contenta lo suficiente.
 
Les dieron lo suyo y se fueron a sentar. Yo esperé lo mío y me fui a sentar. Expliqué sólo por el cariño de vieja amistad que me sentaba cerca, pero no con ellos por estar escuchando música. El mensaje es directo: prefiero a la música que aquella compañía.
 
Comí, más rápido que ellos, aunque eso por casualidad. Me levanté y despedí. Poco dije y mi comida disfruté.
 
Distante y fantasma, me ven, pero no existo. Mi ego se levanta, sé que una y otra quedaron sorprendidas y preguntándose tonteras.
 
Con sólo rondar en sus mentes algo me causa.
 
Lo que sí, es que encuentros inesperados pueden no ser agradables, pero se les puede sacar partido y aprovechar la situación.
 
Obviamente, también hay encuentros inesperados agradables y así me pasó con un amigo.
 
Fue suficiente para sentarnos y conversar un pucho y concluir que tanto uno como otro siguen siendo los mismos.
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