Rugir del clima

Mi hermano se asomó por la ventana sin previo aviso.

Tenía el rostro con la almohada marcada en sus mejillas y los ojos somnolientos hinchados como burbujas por las horas ya gastadas en la cama, roncando. Parecía que se había despertado al escuchar los gritos del firmamento o, también era probable, que en busca de algún bocadillo nocturno, pudo observar por la ventana la penetrante luz de rayos que no permitían la existencia de sombras.

El cielo aparentaba enojo, o peor aún, daba la sensación de que estaba enfurecido, cansado tal vez de la injusta convivencia con el hombre.

Desde los límites mismos que alcanzaba mi vista, caían a las piedras temerosas haces de intensa luz, que, a pesar de su mal carácter, no escondían la delicada, pero potente presencia de rayos desordenados que te hacían tiritar de la sorpresa cada vez que el reflejo se topaba con mis impresionados ojos.

Uno a uno, como si fueron individuos, pero participantes de un grupo común, caían a nuestro alrededor, humillando nuestra pequeñez y alabando su propia grandeza con placer exquisito.

A momentos se dejaban caer gotas transparentes, efímeras y caprichosas, mientras desaparecían como un camaleón en mares para hormigas.

Ante todo, el estruendo no cesaba, sólo se tomaba intervalos para respirar y luego continuaba imponiendo su grito silencioso. Segundos antes, las escaleras brillantes que caían se repartían con aparente azar los rostros que atentos buscaban ser sorprendidos.

– ¿Te despertó la tormenta? – le pregunté de espaldas sin querer mirar de nuevo esa cara de ejemplar cansancio.

Asintió, con un tono bajo y desanimado, pero claramente entendible. Volteó su cabeza con el fin de encontrar el ruido sospechoso y molesto que no le permitió dormir, pero una de las mencionadas formas de escalinatas blancas resplandeció con potente personalidad, regalando un espectáculo tan asombroso que cualquiera dudaba si abandonarlo o no.

Cuando se le aclaró el rostro fue suficiente emoción y comprendió, dejándose llevar, el poder superlativo de la naturaleza.

La silla que descansaba tranquila a mi lado fue recogida por su brazo regordete y torpe. Se sentó, trató de concentrar sus sentidos y, cruzando las piernas, trató de acomodar su trasero insatisfecho.

Sólo se levantó motivado por el deseo de volver a dormir cuando el último grito lejano resonó detrás de nuestros oídos.

El paño oscuro y callado, retocado de puntos iluminados, fue un inesperado consejo, que, con los párpados agotados gustoso tomé para ir a soñar, en preferencia, la recreación del espectáculo vivido.

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